Hoy quiero relatarles un sueño. Éste se remonta a la época de mi adolescencia. Tendría yo unos dieciséis años y cursaba el ciclo secundario. Por la escuela deambulaba una multitud de alumnos y alumnas; de profesores y profesoras. Pero el único motivo de mi ensoñación estaba cautivo en una mirada; una dulce mirada que me envolvía y me transportaba, como en una nube, hacia el borde del paroxismo.
Ustedes se preguntarán quién era la dueña de esos ojos que tan absorto me mantenían.
Quisiera yo engañarlos diciéndoles que los infinitos suspiros que me nacían del alma, llevaban como destino alguna compañera de estudios, de belleza espléndida y figura descomunal; de voluptuosos dones que la madre naturaleza, con generosidad, en su cuerpo había moldeado.
Pero no, no quiero mentirles, ese misterioso ser que agitaba las fibras más íntimas de mi corazón, que nublaba mi mente haciéndola flotar, provocándome, solo con su tierna mirada y su sonrisa de almíbar, un vendaval de sensaciones; no era una alumna, tampoco se podría decir que la diosa Afrodita la hubiese agraciado con la exuberancia del cuerpo de una diva.
Bueno... tampoco vayan ustedes a pensar que era lo opuesto, no.
Porque la discreción que la providencia hubo delineado en su silueta, muy armónica por cierto, estaba magníficamente compensada con su carisma incomparable; que se revelaba en la inigualable gracia con que se movía por entre los pasillos del aula, en el desenfado con que desperdigaba simpatía a los cuatro vientos, en el amor que irradiaba al enseñarnos la lingüística materia, en su sensibilidad, en su inteligencia y en un sinfín de virtudes que no alcancé a percibir, ya que el arcano que envolvía su personalidad, solo podría haber sido develado por quien compartiese con ella los más íntimos momentos de su vida...
Y hallándome yo, inmerso en este amoroso delirio, acurrucado en el regazo de esta cálida pasión: vino, de repente, a perturbar mi onírico relato, el irritante sonido del timbre anunciando el cambio de hora. Mas, grande fue mi sorpresa al despertar y darme cuenta, que lo único irreal de aquel, mi sueño, era mi edad: “que aún no es de adolescente, que incluso no tengo dieciséis años, sino tan solo treinta y seis”...